12.2.26

los pájaros tristes también saben cantar


El tiempo no sabe volver atrás, pero yo no puedo dejarlo pasar.

Y es que mi mente no es capaz de entender que ese lugar ya no es, no está, no existe. Es un fue, un había sido. Pero yo sigo siendo, respirando, soñando, imaginando, anhelando...
Y es que recuerdo el hormigueo en la punta de los dedos, las palabras brotando a borbotones con el ritmo marcado, siempre con temor, impostoras pero ¡(me) curaban!

[incluso sin ti el vacío nunca dejó de devorarme]

Y es que mi mente vuelve aunque yo no quiera y al final sé que voy a caer, volveré a bailar entre párrafos y espinas, entre nubes y cortinas, entre márgenes y líneas discontinuas. Palabras sueltas pero juntas porque suenan bien, y a veces, sin propósito, consigo que broten desde lo más profundo.

(te esperé porque prefería hacerlo a creer que no volverías nunca más)

Y, enamorada, esperé ocupada, llegando tarde a todas partes. ¿Cómo podría describir mi vida sin ti? Te pensé, leí, escuché música. Quería ser elegida, amada, correspondida.

¡Y al final!

Lejos del ruido, las redes todo vuelve a tener sentido y la llama, oh, la ira en el estómago, la ansiedad en la garganta, el deseo, el dejarse llevar me son tan familiares, costumbres que no se olvidan. Tu tacto, tu huella, tu suave mecer. Todo vuelve, tú más, como el sol caliente sobre mi rostro y espalda tras días incontables de lluvia y cielo triste atemporal.

El tiempo no sabe volver, pero esta desesperación me hizo egoísta, cruel y ahora es un cuchillo.

Y siempre seré, temeré, volveré.

1.2.24

Carne sprecata

"El que come mi carne y bebe mi sangre, 
en mí permanece, y yo en él."
Juan 6:56

 

His mouth tasted like ash. His jaw was tense from trying to mash the piece of meat he had been chewing on for a long time without success. Frustrated, V spat it out as if it were cheap chewing gum. The long pig emitted a whimpering whine at his feet. The tourniquet encircling its thigh could barely contain the blood, which was beginning to form a thick puddle on the floor. With a swift movement of his hand, one of the guards removed the fine china plate from the table along with the scalpel.

“Find me someone else who doesn't taste like shit.”

*

La boca le sabía a ceniza. Tenía la mandíbula tensa de intentar machacar el trozo de carne que llevaba rumiando un buen rato sin éxito. Frustrado, V lo escupió como si fuera un chicle barato. El cerdo largo emitió un quejumbroso quejido a sus pies. El torniquete rodeando su muslo apenas podía contener la sangre, que empezaba a formar un charco espeso en el suelo. Con un movimiento rápido de su mano, uno de los guardias retiró el plato de fina porcelana de la mesa junto con el escalpelo.

—Buscadme a otro que no sepa a mierda.

22.7.23

Tolerancia al estrés


El olor a sangre y café se me mete en la nariz y quiero vomitar. La jarra de metal aún está caliente y me tiembla en la mano. Los dedos se enredan entre mechones engominados de cabello seco. El tiempo se ha detenido y yo no puedo parar aunque con cada golpe me cuesta más respirar.

La carne se hunde, se encoge desprendiéndose poco a poco del hueso. La sangre chorrea y mi piel se oscurece como estrellas rojas explotando sobre un lienzo blanco.

El cuerpo se tambalea con el primer golpe en la mejilla, saltándosele un par de dientes, llenándosele la boca de sangre, resbalándole por las comisuras; con el segundo trastabilla hacia atrás tratando de agarrarse al borde de la barra, levantando el brazo para evitar el tercer golpe que le deja jadeando y desorientado, sosteniéndose contra uno de los asientos.

Me mira con ojos llorosos, aterrorizados y suplicantes, y yo le observo desde arriba. Me gusta verle tirado en el suelo, agazapado como un cachorrillo abandonado debajo de un coche en pleno invierno.

Le golpeo una cuarta vez sosteniendo la jarra con las dos manos. Le escucho ahogarse con su propia saliva. Finalmente, su cabeza choca contra el suelo con un sonido sordo después de un rato de golpearle sin cesar hasta que los brazos me hormiguean. Todo su cuerpo convulsiona como un gusano retorciéndose entre la tierra húmeda.

Me quedo un rato mirándole. Los ojos abiertos, la frente hundida y la sangre desparramada sobre las baldosas de linóleo como un río abriéndose camino entre las bolsitas de azúcar esparcidas por el suelo. Los muertos permanecen calientes más tiempo de lo que pensaba. Siempre lo había pensado. En el momento en que alguien moría debería ser casi como si se convirtieran en piedra.

Cierro los ojos y noto una sensación cálida en el vientre. Junto las piernas y sonrío. Mi madre siempre me dice que tengo una sonrisa muy alegre.

Y de repente todo vuelve a su lugar. La luz de los focos, el ruido de la cafetera, el murmullo de la gente, los ladridos de perro, la música alta en la radio, las noticias en la televisión, el sudor pegajoso entre las tetas, la arena en la garganta, el roce de las sandalias, el picor del sol en la nuca, la pesadez en las piernas, el dolor en los talones, el aliento mentolado para disimular.

—Llegas tarde.

6.8.22

Fin de curso

Notaba en la boca un regusto a tequila y sangre, el primero tan amargo y placentero como el segundo, ambos igual de desagradables. Con el sudor recorriéndole/resbalándosele/deslizándosele desde/por la sien hasta la nuca, con los pies doloridos y la garganta seca como el papel de lija/se hubiera tragado un montón de arena, Adrián bailó. 

Y giró, y saltó, y serpenteó.

Entre un mar de cuerpos que se movían de un lado a otro, un vaivén de asteroides sin rumbo que se encontraban y chocaban entre sí en la inmensidad del universo, una entropía de colores y sonrisas/muecas/gestos de despreocupación, Adrián estiró los brazos lo máximo que/cuanto pudo deseando tocar/acariciar/rozar el techo con la punta de los dedos, poder conocer [así] el límite de las cosas.

Con la música recorriendo cada célula de su cuerpo en éxtasis, Adrián abrió los ojos abruptamente/de golpe/sobresaltado cuando/al tiempo que dos/un par de fuertes y tonificados brazos se enrollaban/enroscaban/anudaban alrededor de su cintura.
 
Tranqui/eh, soy yo —le tranquilizó/susurró Serena con voz melosa, al tiempo que le acariciaba la piel del abdomen/de la barriga en pequeños círculos.
 
Adrián suspiró, aliviado. Una media sonrisa se dibujó en sus labios.
 
—Pensaba tu clase iba a disfrazarse en grupo o algo así —comentó ella.

Se apartó levemente y enarcó al darse cuenta/comprobar que su atuendo no difería de su indumentaria habitual. Adrián soltó una risilla nerviosa.

—Votamos en clase —aseguró—, pero ganó el disfraz de Granjero busca esposa. Maldita democracia.

—¿Tú qué propusiste?

—Que fuéramos disfrazados de las normas APA.

Serena soltó una fuerte carcajada que agitó/conmocionó todo su cuerpo, como si un relámpago/estallido la hubiera atravesado de arriba abajo. Adrián pudo sentir las vibraciones en su pecho. Cuando se hubo detenido, la joven tomó aire y se dejó caer sobre su espalda. Desde que se encontraron, no habían dejado de moverse de un lado a otro, aunque de forma más lenta/pausada, como si el tiempo no fuera ya tan importante. En aquel momento, el mundo era un lienzo de luces centelleantes y sonidos coloridos/tornasoles.

—Ya veo, ya veo. Así que optaste por ir de artista atormentado que sufre a causa de/ por las dolencias mortales, escucha a My Chemical Romance y escribe versos depresivos sobre la muerte.

Adrián movió la cabeza de un lado a otro.

—En realidad iba de fantasma, pero he perdido la sábana. —Levantó la mano e hizo un gesto en el aire, señalando algún punto inexacto en dirección a la barra.

—Mejor —susurró Serena en tono juguetón mientras deslizaba el cuello del crop-top de Adrián sobre su hombro izquierdo. La piel se le erizó—, así hay/tengo más para mí.

El cálido aliento aterrizó sobre su cuello, haciéndole estremecer; después un par de labios se posaron sobre su clavícula desnuda, aspirando/succionando/mordisqueando/mordiendo/pellizcando aquí y allá. Adrián apoyó la cabeza sobre el hombro de Serena y observó con fascinación/fascinado los intrincados diseños de neón que serpenteaban como una hiedra llena de flores por su brazo hasta la sien; sus pestañas teñidas de un azul celes y en sus mejillas dos soles de un vivaz amarillo como dos luceros resplandecientes en una noche cerrada.

Llevado por un repentino impulso nómada y con el corazón palpitándole como el aleteo de un colibrí, tomó entre sus labios/dientes el lóbulo y lo mordió con suavidad. A pesar del ruido ambiente, Adrián pudo escuchar cómo la respiración pegada a su cuello/piel se entrecortaba y exhalaba un pequeño gemido. Los dedos clavados en/anclados a sus caderas se tensaron sobre la cinturilla/el borde de las medias de rejilla que sobresalían por encima de sus ajustados pantalones negros. Una mano empezó a ascender por su costado izquierdo, acariciando la piel candente…

2.1.22

Sunburn

 
Suddenly, the soft feel of the wool encircled his neck, forcing him to lean forward slightly. Halfway through, Kageyama felt a warm pressure on his lips. Hinata tilted his head, pulling them even closer if possible. Those smooth lips moved fiercely over his, as if they were searching for a way to satisfy a thirst he had been feeling for a long time. Kageyama could relate because he had felt that way himself until not long ago.
 
Too much, he thought as he placed his hands delicately on Hinata’s waist. He moaned at the unexpected contact, releasing the ends of the scarf with which he had trapped Kageyama with and wrapping his arms around him again, that time around his neck.

There were not enough words in the world to describe what he was feeling at that moment. The settler’s mind couldn’t cope with the flood of thoughts and sensations that swirled in a cascade of ecstasy.

Kageyama’s fingers managed to find their way to Hinata’s burning skin where the short coat had exposed it. And the reaction was immediate: the middle blocker took a little push and wrapped his legs around Kageyama’s waist, like an anchor tied to the ground. For just a second, their lips parted but soon came back together in a sweet, feverish dance. Little by little, their mouths started to open briefly, allowing Kageyama to feel the tip of Hinata’s tongue. Tasting the fire, tasting the need. He was so intoxicated by the experience of finally touching the sun that all he had ever desired was there. Flying higher and higher was all Kageyama wanted, until his entire self burnt, regardless of the inevitable fall into the sea.

As his lungs started to warn him about the need of breathing, he kept taking and flying, taking and flying.

I can’t stop. I don’t want to stop… But it turned out to be difficult to breathe, so meekly, Kageyama tapped Hinata’s right thigh in an intense silence for making him understand his intention. Miraculously, the middle blocker untangled himself from his feverish and entranced body. Kageyama could exhale a long breath that fogged out in front of him.

Small dots appeared in his field of vision. The truth was that he felt slightly dizzy, perhaps from the lack of air or perhaps from the intensity with which the two had let themselves go. His past self might have ended up passed out, overwhelmed but happy. The present self wasn’t willing for the world to miss the vision that was Hinata at that moment. Moist and swollen lips, dilated pupils and suggestive gaze, strands of long hair (Kageyama made a mental note of being able to sink his fingers into that tuft of hair later; it would surely be like stroking silk) stuck to his forehead. And the corner of his mouth slightly raised.

“What,” Hinata gasped, raspy voice. “You going to make a joke about how I take your breath away?”
 

3.10.19

Partida

 

Elissa Cousland se despierta gritando. Agitada por el repentino despertar mira a su alrededor en busca de algún tipo de señal que le dé estabilidad. Sin embargo, se da cuenta de que está sola. ¿Dónde está Duncan?, se pregunta. Sus armas, su armadura y su colcha no están. Está sola rodeada de la más absoluta oscuridad. Sólo la tenue luz de un débil fuego alumbra el claro en el que está. Los árboles se estremecen a voluntad de un viento frío inmaturo. Le tiemblan las manos y está empapada en sudor. Ni la fina camisa de seda orlesiana ni la armadura de piel de draco están hechas para dormir a la intemperie. Elissa se abraza a sí misma, intentando recomponerse. Un sueño. ¡Todo ha sido culpa de un maldito sueño! Pero un sueño tan aterrador como la propia experiencia vivida. Un sueño repleto de gritos zumbando en sus oídos, de sangre resbalando por sus manos y de llamas rodeando su cuerpo. Es la voz del Duncan de su imaginación quien la trae de vuelta.

Elissa se frota los brazos, las manos y las piernas en busca de algo de calor. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que partieron de Las Costas? ¿Cuántas semanas hace que dejando atrás Pináculo a merced de las llamas y de los soldados de Arl Howe? ¿Qué habrá sido de la gente que vivía en el castillo? ¿Qué humillante destino habrán tenido los cuerpos sin vida de su familia?

Sólo de pensar en ello su cuerpo se estremece y sus ojos se humedecen. Toda su familia, su padre Bryce, su madre Eleanor, la radiante Oriana, el pequeño Oren, incluso el incrédulo Darren, han muerto. La fortaleza, su hogar, ha sido destruida. El único atisbo de esperanza que Elissa alberga recae sobre la posibilidad de que Fergus, su hermano, aún esté vivo, allá en alguna parte. Duncan apenas lo menciona. En realidad, apenas media palabra. Elissa sabe que también es duro para él, pues dejó atrás a un buen amigo. A veces el deber es más poderoso que el sentimiento. Ella sabe que de haber podido, se habría quedado luchando, pero aquél no era su propósito. Duncan acudió a Pináculo con una misión: reclutar a una nueva Guarda y así lo ha hecho. Y así se lo hizo saber a Elissa los primeros días cuando la pérdida aún era reciente y ella sólo quería volver junto a los suyos.

—Ellos se sacrificaron por ti para que tú pudieras vivir. «En muerte, sacrificio» — recita —. No deshonres su deseo, no hagas que su muerte haya sido en vano.

Palabras duras y afiladas como puñales, pero igualmente verdaderas, tan ciertas que escogerían cualquier corazón, especialmente uno tan joven.

—La armadura sólo nos protege de los golpes que vienen de fuera. —Solía decir su padre durante las sesiones de entrenamiento de los aprendices—. Del dolor no hay muro o hechizo que nos salvaguarde. De nosotros depende abrazarlo o combatirlo.

Elissa tirita. Se encoge aún más en sí misma. Un abrupto resoplido a su lado la sobresalta. Vormund, el perro mabari, gimotea y patalea nervioso. Tal vez a él también le acechen los mismos escabrosos recuerdos. Elissa alarga su mano y le acaricia con ternura la cabeza. El pataleo cesa y el lloro se va apagando hasta que el sonido de su respiración es lo único que acompaña al silencio de la noche.

La joven suspira. Sabe que en cuanto Duncan regrese deberán continuar su travesía. El cansancio se hace presente y los párpados le pesan. Se recuesta cerca del mabari. Lo abraza como puede y esconde su rostro en el cuello de Vormund.

Hace frío. Le pican los brazos y las piernas. Tiene la ropa pegada a la espalda. No hay ruido, sólo añoranza y pesar. Cierra los ojos. Por un instante, quiere olvidar el peso del escudo y la espalda, el roce de la armadura contra la piel desnuda y noble, el olor del cuero y el sudor, las piedrecitas dentro de las botas. Por un momento, quiere recordar los resoplidos de su madre, el ceño fruncido de Nana, las carcajadas ahogadas de su padre, los chillidos de excitación de Oren, las miradas de cómplice de Fergus y Oriana, las manos callosas de Darren tomándola de la barbilla y sus labios secos contra los suyos.

No debería buscar consuelo en los fantasmas.

22.4.18

The funeral (i)


Small red threads faded into the water, mixed with the remains of soap, disappearing through the drain. The cuts in his forearms still stung, but they weren’t the source of the bleeding.

“Oh, crap…”

Stiles ran his hand under his nose. The tip of his fingers stained a bright red. Hot water ran down his chest and back, burning.

30.7.17

Donde Marte me lleve

 

A Rajiya de Chanterel nunca le habían gustado las historias sobre la guerra, a pesar de haber crecido rodeada de ellas como si en realidad hubiese vivido en tiempo de sangre y caos, preparándose para una guerra cruel que nunca había existido y de la que nunca había participado. Esto se debía a que la mayor parte de su familia había arrastrado consigo generación tras generación los vestigios de una conspiración inexistente. A causa de esto, Rajiya había heredado la responsabilidad de guiar y proteger a su familia, como antaño habían hecho sus predecesoras. Sin embargo, desde que había dado sus primeros pasos, muchos estaban de acuerdo en que ella no era una líder nata. La última de la fila, se distraía fácilmente con cualquier cosa mundana. A menudo su abuela, la matriarca Khadija, la regañaba por dejarse llevar por las heroicas y nobles gestas que en sus libros se narraban y que a ella le resultaban inspiradoras. 

“No deberías dejar que los poetas te mientan con artúricas hazañas”, le decía con gesto serio y mirada gélida, “Pues nadie sabe lo que es una guerra hasta que no tiene más remedio que huir de ella”.

Padecía de insomnio, ansiedad y con frecuencia sufría episodios de paranoia persecutoria. Cada  esquina, sombra o vacío que quedase fuera de su espacio de visión, era lícita de ser considerado una posible amenaza. En el fondo, nadie podía culparla de sentir miedo, pues había crecido preparándose
para luchar contra un enemigo que no existía. 

O al menos eso es lo que Rajiya creyó hasta que un día, sin más, estalló la guerra. Cuando su compañera de catre le pregunta cómo se vivió en su tierra la
revolución, Rajiya la mira de soslayo y le dice “fue como un cambio de estación, casi imperceptible, salvo por el color de las hojas de los árboles. Ahora ya no hay árboles”.
A la edad de veintiséis años, licenciada en Historia y Aplicaciones prácticas de la Alquimia, con una hipoteca al 3% de interés y un perro llamado Gato, Rajiya había sido destinada al tercer escuadrón del Cuervo junto con otras prometedoras figuras de la Biología, la Antropología y la Filosofía (estudiar
Filosofía no te libraba de ser llamada a filas), quienes también habían sido arrancadas de sus cómodos y bohemios despachos.

De alguna forma, Rajiya consiguió hacerse a la guerra y la guerra fue lo que había estado esperando durante toda su vida. En cierta manera, era su vida. Su aliento, su fortaleza, su pesadilla, su ansiedad y su manía persecutoria, y su buena puntería. A pesar de que en ocasiones le resultaba demasiado fácil matar o apretar el gatillo, siempre tenía a bien recordar las últimas palabras de su querida madre antes de partir: 

No te hagas la heroína: los héroes sólo consiguen que otros acaben muertos. Recuerda: la vida es más valiosa que la gloria.

 –¡Eh, ya hemos llegado! –gritó alguien al lado de Rajiya. 

Ésta despertó de su ensimismamiento al tiempo que se ajustaba la correa del rifle de asalto que llevaba en su hombro derecho. Ante ella se alzaba un antiguo caserón que algunos aseguraban no se encontraba en los mapas. La misteriosa casa, con su jardín salvaje que habiendo crecido demasiado proporcionaba cobijo a la infraestructura protegiéndola de los elementos y al mismo tiempo, abriéndose camino entre sus numerosos huecos y grietas, se herejía en mitad de la nada silenciosa, imponente y en secreto. Ni siquiera los lugareños conocían su localización exacta; en realidad, ellos sólo hablaban de oídas y rumores: nadie había sido lo suficientemente loco como para adentrarse en la espesura del bosque para encontrarla. Por ende, cualquier otra persona ajena a la historia y la desgracia de aquellas tierras, sería incapaz de dar con aquel lugar, pues se rumoreaba que desde tiempos de la última república, había
sido hogar de extrañas asociaciones y aquelarres.

El resto de la compañía se aproximó al porche del caserón. Muchos la miraban con recelo, algunos con asombro y Rajiya con apatía. Sólo quería descansar.

Sara, la jefa del escuadrón, llegó al frente desde la retaguardia y fue la primera en entrar. Marcus, su mano derecha, la siguió de cerca con su arma enarbolada. La casa les recibió con un fuerte olor a moho y humedad y una gran cortina de polvo cruzando la estancia. Poco a poco fueron entrando todos hasta que los últimos cerraron las puertas tras de sí.

–Bueno, no es el Taj Mahal, pero podremos descansar –apuntó Petra, la antropóloga mientras depositaba su macuto junto a las escaleras que había justo enfrente de la entrada y que, presumiblemente, llevaban a las plantas superiores.

La compañía respiró aliviada. Llevaban días caminando y aventurándose por la espesura del bosque, siguiendo la orden de buscar un nuevo asentamiento para el campamento clave. Sin embargo, debido a la avanzadilla de la guerra, el escuadrón de reconocimiento había quedado aislado del resto. Así era la guerra: rompe con todo, vínculos, huesos e historias.

Rajiya se dirigió hacia una de las salas contiguas al vestíbulo. Tras una puerta doble se encontró en lo que antaño hubo de ser un sofisticado y acogedor salón victoriano donde los inquilinos y visitantes se sentarían cómodamente bien sobre los sillones de elegantes diseños franceses o bien sobre la gran alfombra persa que decoraba el suelo, teniendo de fondo el crepitar del fuego de la gran chimenea que la pared del centro se encontraba mientras una agradable conversación inundaba la estancia (aunque habría quienes hubiesen preferido una armoniosa lectura recolectada de la gran biblioteca que se alzaba
desde el suelo hasta el techo al fondo del salón). Apenas en aquel instante quedaba vestigio alguno de que allí, en algún tiempo pasado, alguien hubiese disfrutado de una amena charla o una taza de té en porcelana fina. El paso del tiempo y el olvido habían hecho estragos en la biblioteca, reduciendo los libros a montoncitos de polvo llenos de historias y leyendas que ya nadie se atreve a contar por miedo a despertar fantasmas y reabrir heridas innecesariamente.

Recorrió los últimos vestigios sibaritas con los dedos. Poco a poco, se fue adentrando en las entrañas de un recuerdo. Rajiya llegó hasta el final del salón donde había una pequeña puerta. Desde allí accedió a otra sala totalmente distinta a la anterior, pues no tenía suelo ni paredes, estaba a merced de la naturaleza. Alzando la vista, Rajiya se dio cuenta de que por encima de su cabeza se podían ver las vigas que en algún momento habían dado estructura a aquella habitación y la habían resguardado. A pesar de lo insólito que resultaba, en los alrededores no parecía haber ningún tipo de resto que confirmase que allí había habido, en algún momento, otra habitación. Parecía más bien como si hubiera desaparecido completamente. No obstante, el único vestigio que indicaba que aquella parte pertenecía a la casa era un triste y solitario piano colocado en mitad de la nada. Sobre tierra fértil, la vegetación no se había atrevido a trepar por él.

Rajiya se acercó al piano. No tenía polvo y estaba en buen estado. Algo realmente extraño, pero si tenía en cuenta las historias que rodeaban a aquel lugar, en cierta manera, todo era posible, ¡hasta un piano solitario salido de la nada!

Con mesura tocó un pequeño acorde. Después otro. Y otro. Y a esos dos le siguieron otros dos más. Finalmente, Rajiya se vio arrastrada a tocar una melodía procedente de los bajos fondos de su memoria aun sin haber tocado un instrumento en su vida. Pero de alguna forma aquel piano sabía y sentía todo
cuanto el alma de una persona poseía, todo cuanto había dejado atrás y todo cuanto anhelaba. Para Rajiya era demasiado fácil: desearía no haber sabido nunca lo que era una guerra, ni lo que suponía arrebatar una vida una vez tras otra. Desearía poder desaprender cómo disparar un arma y el momento exacto de hacerlo. Desearía poder ser una pringada con una hipoteca y un perro gordo con especial devoción por mordisquear calcetines blancos. Desearía haber podido conocer a su padre, un escritor francés dado a los cruasanes y al vino. Desearía...

–¿Eso es Nights in White Satin?

Rajiya se sobresaltó al escuchar a sus espaldas la voz de Ismael el filósofo cafeísta (del tío que inventó la filosofía de empezar el día con una o dos tazas de café), femenista (porque sí), ecologista y muchos otros –ista. Por su tez pálida y sus zapatillas de esparto, a menudo los otros soldados se reían de él. Pero
Rajiya veía en Ismael un algo, ese algo que muchas compararían con un espécimen de ensueño como Brad Pitt o Mark Ruffalo. Detrás de aquellas gafas de culo de vaso y de aquel peinado hipster y de sus libretas llenas de frases célebres y pasajes de todos los libros que habían sido almacenados dentro de su
cabeza, se hallaba un ser de lo más singular. 

–Sí, algo así –suspiró Rajiya mirando de soslayo el improvisado hacedor de recuerdos.

Ismael la observó todo cuanto sitió que era lo respetuosamente aceptable, sobre todo al tratarse de una mujer como Rajiya. Independientemente de lo que el resto de soldados pensasen, y entre ellos incluía al guasón y descarado Marcus, le resultaba enigmático la persona que se hallaba bajo aquel hiyab negro. Las facciones de Rajiya tendían a ensombrecerse muy de vez en cuando, especialmente cuando el escuadrón era atacado y precisaban de su vista de águila. En otras ocasiones, sencillamente, era como cualquier otra mujer: de tez oscura, ojos vidriosos y marrones, y nariz respingona. 

No supo cuánto tiempo habían estado allí o cuántos minutos había pasado mirándola con absoluta resignación, pero fue la progresiva falta de luz la que le anunció que pronto anochecería y que sería mejor que volviesen al interior de la casa.

Ismael se colocó al lado de Rajiya y rozó con la punta de los dedos la piel descubierta de la mano de ella, que aún permanecía sobre el teclado. De repente, ella le miró y juraría que algo se había roto. Desde hace tiempo, quizás...

Con gran pesar, el joven apartó su mano de la de ella y echó a andar hacia el caserón. Rajiya echó un último vistazo al piano solitario. Ismael era un buen chico, pero al igual que aquel piano, no encajaba en la guerra. Ella pertenecía a la guerra y la guerra la había abrazado.

 

(2016) Donde Marte nos lleve. Antología This is War

17.5.16

Que no se me note

 Manos • Horacio Quiroz • Pintura, s. XXI
 
Que no se me noten las ganas de llorar a cualquier hora y en cualquier
momento.
Que no se me noten la atracción ni la distracción.
Que no se me note que [en realidad] no tengo ni puta idea de nada.
Que no se me note que estoy perdida aun teniendo el mapa en la mano.
Que no se me noten el orgullo ni la ira ni el odio.
Que no se me note que el pensamiento a contracorriente.
Que no se me note que pierdo el tiempo.
Que no se me note el dolor.
Que no se me note que he tropezado.
Que no se me note lo que me gusta hacer cuando estoy sola.
Que no se me note que he saboreado mi propia sangre.
Que no se me noten mis intentos de autodestrucción y heridas autoinflingidas.
Que no se me note la caída.
Que no se me noten las uñas mordidas por la impaciencia y la ansiedad.
Que no se me noten las virtudes ni las bienaventuras.
Que no se me note mi incapacidad para mantener a las personas cerca.
Que no se me note que estoy sola.
Que no se me note que me siento sola.
Que no se me note la vergüenza del rubor espontáneo por un cumplido.
Que no se me noten las carreras ni la carretera.
Que no se me noten la poesía y el realismo sucio.
Que no se me noten las cicatrices ni las historias.
Que no se me noten los miedos ni los temblores ni las debilidades.
Que no se me noten la familia ni los disturbios asociados a ella.
Que no se me note la falta de experiencia.
Que no se me noten el porno ni el feminismo.
Que no se me note la humanidad.

Que me vean como un irreal e inconstructible unicornio.

26.2.16

Vientos de Budapest

Frozen landscape · Francesco Foschi

 

23 de febrero de 1954

“Seguro que es la primera vez que ve nevar”, se dijo a sí misma Darya Goldstein desde su escondrijo en la ladera de una peña.
Hacía tan sólo unos días que el general les había comunicado que podían abandonar el laboratorio sin dejar, eso sí, las inmediaciones del recinto. Tal era su recelo, que junto a ella se encontraban dos corpulentos soldados armados hasta los dientes escoltando al sujeto 17. El hasta entonces único superviviente del proyecto, parecía no tener el mayor interés en ellos. Se llamaba Erich y los lobos le temían.
De pie junto a la orilla del lago con los brazos extendidos y las manos puestas hacia arriba, el pequeño Erich parecía congelado en el tiempo. Tez cenicienta, ojos vacíos y opacos, pelo color ceniza, escuchimizado, de aspecto frágil. El día de su nacimiento muchos se cuestionaron sus probabilidades de
sobrevivir pues desde su concepción, todo cuanto rodeaba a Erich parecía sacado de una leyenda. A menudo corrían rumores entre los trabajadores sobre el extraño comportamiento del niño, más animal y bestia que humano.
Malditos escépticos tocapelotas. ¡Qué sabían ellos! Erich era un prodigio, una excepción, un milagro. Era como un copo de nieve: único en su especie, pues no existen dos copos de nieve iguales.
Y allí estaba él, observando la nieve caer, acumulándose bajo sus pies y en sus manos. Sólo permanecía allí clavado al suelo, como si estuviera esperando que algo extraordinario, algo mágico fuera a suceder de un momento a otro.
De repente, a lo lejos se escuchó un coro de aullidos tristes y nostálgicos. Como si algo hubiera despertado en él, Erich dejó caer la nieve de sus manos y se volvió hacia el sonido. Del interior de su pecho brotó un aullido similar, más agudo y penetrante. Los dos soldados agarraron con fuerza sus armas atentos a cualquier imprevisto.
Darya observó detenidamente a Erich, en cómo echaba la cabeza hacia atrás y en cómo todo su
cuerpo parecía recordar.
Los lobos temen a Erich, pero Erich sólo quiere volver a casa.